KALYMNOS 4
Más allá del txikipark…
Tras la noche pautada por el canto del autillo, al amanecer me despiertan los gallos y algún pavo despistado. Escuchando con atención, se perciben también balidos de ovejas, o de cabras. Según me desperezo, se me ocurre que podría hallarme en un entorno rural… Y así sería seguramente hace unas décadas. Pero lo que es hoy, Masouri, el epicentro de la escalada en Kalymnos, ofrece una realidad bien distinta, volcada hacia los servicios al turismo. A veces no puedo desembarazarme de la sensación de estar en un decorado, por agradable que sea, intrínsecamente ajeno a la realidad del resto de la isla. En fin, veremos. Pues después de tres días de escalada, la idea es tomarnos la jornada para descansar y de paso recorrer la isla.
1. La máquina
Lo primero es alquilar un vehículo, y en eso Jon y Sonia nos llevan ventaja. En Masouri abundan los locales de alquiler de motos. En uno de ellos nos hacemos con la nuestra, una pequeña scooter de… ¿50 cc? y cambios automáticos. Como yo soy el más motero de los dos, y Txingu está aburrido de rescatar moteros accidentados, me veo elevado a la categoría de piloto y Txingu a la de paquete.
El primer contacto con el cacharro es bastante desconcertante, por decirlo con suavidad. Tiene muy poca potencia, así que hay que darle al acelerador a saco, pero el motor no responde inmediatamente, sino con varios segundos de retraso. Total, que el arranque es brusco e inesperado, y nos pegamos bastantes sustos. A nuestro favor juega el escaso tráfico en las carreteras, y que a menudo las tortuosas y estrechas callejuelas de los pueblos son de sentido único. Y sobre todo, que nuestra máquina apenas pasa de los 30 km/h pisándole a fondo. Las cuestas, que las hay, las subiremos a paso burra, para desesperación de los vehículos locales que se amontonan tras nosotros hasta que consiguen adelantarnos…
No es que sea el vehículo más adecuado para recorrer 45 km tripulado por un par de sexagenarios, pero es lo que hay. Tengo que admitir que en mis inicios como piloto me sentía torpe e inseguro, e imagino que Txingu iría bastante tenso… como yo. Pero en fin, salimos vivos de la experiencia.
2. El pueblo bajo la fortaleza.
Iniciamos periplo poniendo rumbo a Pothia, capital de la isla, a unos 10 km. Ascendemos a duras penas un puerto, corto pero pendiente, y paramos después en un centro comercial, el único de la isla, para llenar el depósito de combustible. Poco después aparecen a nuestra derecha los restos del monumento más antiguo de la isla. Es el ábside de una iglesia bizantina del siglo V, junto con partes del mosaico del pavimento bastante bien conservados. A su alrededor, capiteles huérfanos, fustes de columnas y fragmentos varios de mármol labrado. La iglesia fue construida con materiales expoliados de un templo anterior construido en el lugar en época clásica,, dedicado a Apolo Delio.
El recinto está cerrado y no puede visitarse, pero se aprecia bastante bien desde el exterior. La verdad es que la estampa de las venerables ruinas de mármol en mitad de un prado verde y florido es hermosa. Tal vez más incluso porque tras tres días recorriendo garriga y monte bajo sabemos ya lo raras que son aquí las praderas.
En otros tiempos, el mar no era solo fuente de vida y trabajo, sino también amenaza. Por mar llegaban invasores y piratas, y era más seguro habitar no en la costa, sino en enclaves más alejados y bien protegidos de posibles ataques. Esta fue la norma desde al menos la Edad Media, de modo que la capital histórica de Kalymnos no la Pothia actual a la que desembarcamos en el ferry, sino un enclave llamado Horio, unos km al interior y a más altura para otear las costas. Horio es hoy un pueblo de mediano tamaño y nada señorial, que se desparrama en callejas en cuesta arrimándose a un farallón rocoso sobre el que se halla el castillo, o Megalo Kastro. El perfil de las murallas, bastante bien conservadas, se yergue orgulloso dominando la población, uno no sabe si para protegerla o para dominarla. La fortaleza actual data de 1495, pero como tantas veces en el Mediterráneo, su origen es más antiguo, y se han hallado en su interior restos de época clásica y helenística.
El castillo no perteneció a ningún noble linaje helénico, sino que fue una encomienda de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalen. Sería interesante conocer cuál sería la naturaleza de las relaciones entre los señores, caballeros “latinos” católicos de Europa occidental, y los vasallos,.
griegos ortodoxos, considerados herejes y casi peor que infieles por los latinos.
Pero antes de acceder a la fortaleza tenemos que orientarnos a través de este laberinto de callejas y callejones estrechos y en cuesta a lomos de nuestra moto que ruge como si fuera a explotar. Atisbamos aquí un mundo y una atmósfera que nada tienen que ver con los de Masouri. Casas pequeñas de aspecto humilde, a veces deterioradas. Hombres y mujeres muy morenos, más bien bajos. Aquí y allá alguien se afana encalando la fachada de su vivienda. ¿Será la costumbre por Pascua? Arrugadas ancianas vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza, como las que en el País Vasco desaparecieron ya hace dos generaciones. Huertas diminutas, más pedregal que tierra, en las traseras de algunas casas, donde se apilan trastos viejos, gallinas, alguna oveja o cabra. Gatos, muchos gatos por todas partes, durmiendo la siesta o contemplándonos con indiferencia.
Una furgonetilla (si fuera más grande no podría pasar) se detiene en una intersección y comienza a tocar el claxon. Es el panadero. Se abren varias puertas, y aparecen amas de casa a comprar. Nosotros también compramos una hogaza. Las señoras son afables, y nos indican el camino al castillo. “Mira”, parecen comentar, “son turistas, uno tiene una cámara”.
Un montón de redes viejas apiladas en un rincón. En una sección más ancha de la calle, sería demasiado llamarla plaza, hay un café, y sentados en una mesa junto a la entrada tres albañiles fuman y echan un trago. Me digo que estaría bien parar y pedir algo para pulsar el ambiente. Finalmente, dejamos las motos en una especie de parking al final del pueblo, al inicio de un barranco, y volvemos a pie sobre nuestros pasos buscando las indicaciones para subir a la fortaleza.
Entre casas diminutas y corralas llegamos a un empedrado zigzagueante que asciende por la ladera pedregosa. Unas paredes de roca caliza se ven coronadas por un muro de sillares en buen estado, rematado por almenas. El recinto es amplio, ocupa toda la parte superior de un roquedo prácticamente inexpugnable. Junto a la entrada, una inmensa losa partida en dos, la base de un antiguo molino de aceite. Diseminadas por el recinto en cuesta, media docena de capillas encaladas de blanco, y decoradas en su interior con frescos de más o menos antigüedad. Sus interiores, a menudo repletos de estampas, iconos, velas y a veces incienso invitan al recogimiento. A veces hay pequeñas fotos de popes, escuálidos ancianos barbados, y pequeños objetos que imagino serán exvotos. Supongo que las capillas serán posteriores a los caballeros hospitalarios, no me los imagino compartiendo su espacio con templos “heréticos”.
La fortaleza, bastante bien
conservada, se visita con rapidez. Desde lo más alto, divisamos la cima más
elevada de Kalymnos, Prophitis Ilias, 676 m, nuestro próximo objetivo, y
vislumbramos el itinerario. Pero primero debemos regresar al parking, y
recuperar las mochilas con agua y algo de comida.
Patxi Aiaratik


















































