lunes, 3 de agosto de 2026

KALYMNOS 5 Más allá del txikipark…(II)

Pothia, capital de Kalymnos
La máquina

 

 

KALYMNOS 5

Más allá del txikipark…(II)

1.      La marcha.

Para cuando nos ponemos en marcha el frescor matinal ya es historia. Cielo azul, algunas nubes blanquísimas y esa luminosidad tan característica como difícil de definir propia del Mediterráneo. Iniciamos la marcha a la sombra de un abrupto barranco, dominado a la derecha por farallones verticales que culminan a ¿150 m? en los lienzos de la fortaleza. Pero pronto el barranco se abre y salimos al sol que caldea las laderas pedregosas y cubiertas de monte bajo, espinoso y aromático. Pedregal y garriga, suavizada ahora por la floración primaveral.

La divisoria de aguas de la isla sigue más o menos una línea NW-SE. Los roquedos y paredes propicios a la escalada se hallan en la vertiente oeste, bordeando la costa. En estas tierras altas del interior  y en la costa este no hay paredes, sino relieves suaves de maquia y pedregal prácticamente sin arbolado, apenas algunas sabinas aisladas y solitarias.

Una pista nos conduce hasta una majada en la intersección de varias ramblas resecas. Un par de cabañas, en una de ellas se apiña a la sombra un rebaño de cabras. Una pieza recién labrada. Una parcela de añosos olivos, bien protegida de las cabras por una valla.

A partir de la majada la senda continúa por la rambla principal bien definida y señalizada. Una perdiz solitaria, algún cuervo, alguna gaviota, esas cornejas cenicientas tan características… Ni lagartos ni lagartijas a la vista, tampoco aves insectívoras. Un cuadro bastante inhóspito en realidad, al menos a esta hora del mediodía. Acompañados por un muro de piedra seca que parece estirarse durante km (¿para las cabras?) llegamos a un amplio collado. Nos queda la última subida, más pendiente, y ya en la cima se intuyen unos muros tan blancos que casi centellean. La aparición de alguna orquídea y de unas vistosa flor desconocida (Anemone coronaria) me hacen retrasarme. Superamos a cuatro jovenzuelos locales. En un recodo, aprovechando una cueva natural, hay una ermita diminuta, encantadora en su simplicidad.

Por fin llegamos a la cumbre del Profeta Elías, ocupada por una iglesia y sus construcciones auxiliares, de un blanco cegador. Hemos tardado cosa de una hora. Desde este punto las vistas son amplias y espectaculares. Hacia el norte se divisa una bahía profunda, casi un fiordo, en el que desemboca un verde valle cultivado y fértil. Poderoso contraste con las laderas yermas en que nos encontramos.

Picamos algo a la escasa sombra de los muros y regresamos a la majada por otra de las ramblas. El sol de abril castiga de lo lindo. Poco antes de alcanzar el parking, media docena de ovejas se apretuja a la sombra de una chatarra, un viejo coche destartalado y abandonado a la entrada de la pista. Pobres.

2.      Pothia, la capital.

Inmediatamente ponemos rumbo a Pothia y aparcamos en pleno centro, junto al puerto. La pequeña ciudad aparece bastante animada, las terrazas están llenas de familias comiendo, sus críos bulliciosos de tez muy oscura y cabello al rape tiran petardos o comen helados, los que no comen están echando tragos a la sombra de toldos y sombrillas. Nosotros hacemos lo propio.

Los parroquianos son todos locales, esto no tiene mucho que ver con el txikipark de Masouri.

Las calles de Pothia son estrechas, sombreadas por pequeños edificios de dos o tres pisos, con cierta solera pero sin excesos. El núcleo monumental lo forman el Ayuntamiento y la iglesia, en un conjunto atractivo y vistoso. Pero todo en Pothia parece dirigir la mirada hacia lo realmente importante, el puerto y el mar. La iglesia, el Ayuntamiento, los restaurantes y terrazas más animadas, todos se abren a la inmensa bahía que ha sustentado la riqueza y la fama de Kalymnos durante generaciones.

Aun hoy, la flota pesquera de Kalymnos es la más potente de las islas del Dodecaneso. 200 embarcaciones y cerca de 1000 puestos de trabajo. Al contrario que en la costa vasca, aquí no se ve mano de obra senegalesa, a primera vista.

Sin embargo, la fama de Kalymnos no se debió sencillamente a su flota pesquera, sino a su especialización en un tipo de captura muy peculiar y peligroso: las esponjas. Ignoro hasta qué punto esta arte de pesca sigue viva, o el impacto que supondría la fabricación de esponjas sintéticas. En las tiendas de souvenirs aun se venden esponjas naturales, locales, de diferentes calidades y a precios bastante elevados. Y en alguna de las iglesias que visitaremos en este viaje veremos esponjas de tamaño descomunal, antiguas ofrendas o exvotos de marinos, hoy en día  arrinconadas y llenas de polvo.

Es agradable callejear por Pothia, deambular entre los viejos edificios y pasear por los muelles, contemplar los aparejos en los pequeños barcos de bajura e intentar descifrar el significado de las esculturas de bronce que decoran el paseo marítimo. ¿Quién será esta sirena que mira hacia el mar? ¿Y este con aspecto de contrabandista armado de un mosquete? En algún caso está claro… Este buzo que parece salido de una novela de Julio Verne solo puede ser un homenaje a los pescadores de esponjas.

Imagino que si hay en Grecia un buen sitio para comer pescado fresco, será este puerto… Pero dejamos pasar la oportunidad.

Dominando la bahía por el sur, sobre una colina se alza el monasterio de Aghios Sawas. Desde su vistoso emplazamiento las vistas deben ser espectaculares, así que nos planteamos visitarlo antes de abandonar la ciudad. Entre el laberinto de callejas y las direcciones prohibidas, nos cuesta bastante llegar, pero al fin lo conseguimos al segundo intento. Visitamos la iglesia cubierta de frescos y dorados, pero carente del brillo que el tiempo y la antigüedad otorgan, deambulamos por los jardines y las dependencias anejas, y sobre todo, nos llenamos los ojos con la visión de la hermosa bahía.

El sol empieza a bajar. Son las 17:00, no hemos recorrido más de 15 km, aun nos quedan otros 35… Es tiempo de ponerse en marcha.

3.      El regreso sobre ruedas.

Salimos de la bahía siguiendo la costa hacia el Este. Al principio vamos encontrando instalaciones industriales semiocultas en discretas calas: la central eléctrica, el vertedero… Pero pronto rodamos sin más vistas que el mar en un lado y el páramo ondulado y pedregoso al otro. Un paisaje desolado, un tanto triste pero impresionante a la vez.

En un momento dado, superamos un pequeño collado y sin previo aviso se nos aparece aquel fiordo verdísimo que contemplamos desde la cima. Es el valle de Vathis, granero de la isla, un vergel de verdor donde no parece haber m cuadrado sin cultivar. El valle, plagado de limoneros, es largo y estrecho y desemboca en el pueblito de Rina, junto al mar, al fondo de una estrecha bahía de riberas paralelas y escarpadas. Es una visión de engañosa belleza, pues una vez internados en el valle prácticamente no veremos nada, pues la estrecha ruta circula siempre entre setos o muros que impiden la visión.

A todo esto, es importante señalar que aunque nuestras motos no es que sean veloces, sí que consumen la gasolina de sus diminutos depósitos a un ritmo más que respetable. A la de Sonia y Jon les queda menos de medio depósito. A nosotros un poco más. Por suerte estamos a punto de llegar a una gasolinera.

Y resulta que no tienen gasolina. Diesel, lo que queramos, pero de gasolina nada. ¡Hay que joderse! ¿Qué hacemos? ¿Nos llegará para completar la vuelta? O regresamos por Pothia, donde sí podremos llenar el depósito…

De perdidos al río. A la hora más bella de la jornada, cuando las luces viran hacia naranjas y rojos, le meto gas a tope a la scooter. Recorremos el fértil valle hasta su cabecera, y empezamos a subir un puerto. A una mala, podríamos bajar la otra vertiente en punto muerto… En la subida, prolongada y bastante pendiente, la moto de nuestros compañeros va quedando atrás.

Un mochuelo nos saluda desde el arcén. Pasamos el collado. Me abrigo con la chaquetilla, el foulard y los guantes, y aun así paso frío mientras circulamos a la sombra. Descendemos ahora hacia el oeste, mirando de reojo como desciende la aguja del combustible, hacia la bahía y el pueblo de Arginonta, donde volvemos al nivel del mar y esperamos a los compañeros.

Aparecen de nuevo las paredes, y se ven muchas cordada escalando a la sombra del atardecer. Las dos motos están en la reserva, pero ya recorremos terreno conocido, y al fondo divisamos el núcleo de Masouri. Alli descargo a Txingu, pero yo aun debo seguir hasta Panormos y su gasolinera. A punto de oscurecer, devuelvo la scooter con el depósito lleno a las 19:30. El día de descanso al final ha resultado intenso y movidito. Eso sí, la vuelta a la isla es bellísima. Aunque tal vez la hubiera disfrutado más en bicicleta…

Patxi Aiaratik

 

 






En lo alto a la derecha, las murallas



km de muretes


Anemone coronaria

Orchis mascula










Los pescadores de esponjas







miércoles, 1 de julio de 2026

KALYMNOS 4 Más allá del txikipark…

 

 

KALYMNOS 4

Más allá del txikipark…

Tras la noche pautada por el canto del autillo, al amanecer me despiertan los gallos y algún pavo despistado. Escuchando con atención, se perciben también balidos de ovejas, o de cabras. Según me desperezo, se me ocurre que podría hallarme en un entorno rural… Y así sería seguramente hace unas décadas. Pero lo que es hoy, Masouri, el epicentro de la escalada en Kalymnos, ofrece una realidad bien distinta, volcada hacia los servicios al turismo. A veces no puedo desembarazarme de la sensación de estar en un decorado, por agradable que sea, intrínsecamente ajeno a la realidad del resto de la isla. En fin, veremos. Pues después de tres días de escalada, la idea es tomarnos la jornada para descansar y de paso recorrer la isla.

1.      La máquina

Lo primero es alquilar un vehículo, y en eso Jon y Sonia nos llevan ventaja. En Masouri abundan los locales de alquiler de motos. En uno de ellos nos hacemos con la nuestra, una pequeña scooter de… ¿50 cc? y cambios automáticos. Como yo soy el más motero de los dos, y Txingu está aburrido de rescatar moteros accidentados, me veo elevado a la categoría de piloto y Txingu a la de paquete.

El primer contacto con el cacharro es bastante desconcertante, por decirlo con suavidad. Tiene muy poca potencia, así que hay que darle al acelerador a saco, pero el motor no responde inmediatamente, sino con varios segundos de retraso. Total, que el arranque es brusco e inesperado, y nos pegamos bastantes sustos. A nuestro favor juega el escaso tráfico en las carreteras, y que a menudo las tortuosas y estrechas callejuelas de los pueblos son de sentido único. Y sobre todo, que nuestra máquina apenas pasa de los 30 km/h pisándole a fondo. Las cuestas, que las hay, las subiremos a paso burra, para desesperación de los vehículos locales que se amontonan tras nosotros hasta que consiguen adelantarnos…

No es que sea el vehículo más adecuado para recorrer 45 km tripulado por un par de sexagenarios, pero es lo que hay. Tengo que admitir que en mis inicios como piloto me sentía torpe e inseguro, e imagino que Txingu iría bastante tenso… como yo. Pero en fin, salimos vivos de la experiencia.

2.      El pueblo bajo la fortaleza.

Iniciamos periplo poniendo rumbo a Pothia, capital de la isla, a unos 10 km. Ascendemos a duras penas un puerto, corto pero pendiente, y paramos después en un centro comercial, el único de la isla, para llenar el depósito de combustible. Poco después aparecen a nuestra derecha los restos del monumento más antiguo de la isla. Es el ábside de una iglesia bizantina del siglo V, junto con partes del mosaico del pavimento bastante bien conservados. A su alrededor, capiteles huérfanos, fustes de columnas y fragmentos varios de mármol labrado. La iglesia fue construida con materiales expoliados de un templo anterior construido en el lugar en época clásica,, dedicado a Apolo Delio.

El recinto está cerrado y no puede visitarse, pero se aprecia bastante bien desde el exterior. La verdad es que la estampa de las venerables ruinas de mármol en mitad de un prado verde y florido es hermosa. Tal vez más incluso porque tras tres días recorriendo garriga y monte bajo sabemos ya lo raras que son aquí las praderas.

En otros tiempos, el mar no era solo fuente de vida y trabajo, sino también  amenaza. Por mar llegaban invasores y piratas, y era más seguro habitar no en la costa, sino en enclaves más alejados y bien protegidos de posibles ataques. Esta fue la norma desde al menos la Edad Media, de modo que la capital histórica de Kalymnos no la Pothia actual a la que desembarcamos en el ferry, sino un enclave llamado Horio, unos km al interior y a más altura para otear las costas. Horio es hoy un pueblo de mediano tamaño y nada señorial, que se desparrama en callejas en cuesta arrimándose a un farallón rocoso sobre el que se halla el castillo, o Megalo Kastro. El perfil de las murallas, bastante bien conservadas, se yergue orgulloso dominando la población, uno no sabe si para protegerla o para dominarla. La fortaleza actual data de 1495, pero como tantas veces en el Mediterráneo, su origen es más antiguo, y se han hallado en su interior restos de época clásica y helenística.

El castillo no perteneció a ningún noble linaje helénico, sino que fue una encomienda de los Caballeros Hospitalarios de la Orden de San Juan de Jerusalen. Sería interesante conocer cuál sería la naturaleza de las relaciones entre los señores, caballeros “latinos” católicos de Europa occidental, y los vasallos,.

 griegos ortodoxos, considerados herejes y casi peor que infieles por los latinos.

Pero antes de acceder a la fortaleza tenemos que orientarnos a través de este laberinto de callejas y callejones estrechos y en cuesta a lomos de nuestra moto que ruge como si fuera a explotar. Atisbamos aquí un mundo y una atmósfera que nada tienen que ver con los de Masouri. Casas pequeñas de aspecto humilde, a veces deterioradas. Hombres y mujeres muy morenos, más bien bajos. Aquí y allá alguien se afana encalando la fachada de su vivienda. ¿Será la costumbre por Pascua? Arrugadas ancianas vestidas de negro y con pañuelo en la cabeza, como las que en el País Vasco desaparecieron ya hace dos generaciones. Huertas diminutas, más pedregal que tierra, en las traseras de algunas casas, donde se apilan trastos viejos, gallinas, alguna oveja o cabra. Gatos, muchos gatos por todas partes, durmiendo la siesta o contemplándonos con indiferencia.

Una furgonetilla (si fuera más grande no podría pasar) se detiene en una intersección y comienza a tocar el claxon. Es el panadero. Se abren varias puertas, y aparecen amas de casa a comprar. Nosotros también compramos una hogaza. Las señoras son afables, y nos indican el camino al castillo. “Mira”, parecen comentar, “son turistas, uno tiene una cámara”.

Un montón de redes viejas apiladas en un rincón. En una sección más ancha de la calle, sería demasiado llamarla plaza, hay un café, y sentados en una mesa junto a la entrada tres albañiles fuman y echan un trago. Me digo que estaría bien parar y pedir algo para pulsar el ambiente. Finalmente, dejamos las motos en una especie de parking al final del pueblo, al inicio de un barranco, y volvemos a pie sobre nuestros pasos buscando las indicaciones para subir a la fortaleza.

Entre casas diminutas y corralas llegamos a un empedrado zigzagueante que asciende por la ladera pedregosa. Unas paredes de roca caliza se ven coronadas por un muro de sillares en buen estado, rematado por almenas. El recinto es amplio, ocupa toda la parte superior de un roquedo prácticamente inexpugnable. Junto a la entrada, una inmensa losa partida en dos, la base de un antiguo molino de aceite. Diseminadas por el recinto en cuesta, media docena de capillas encaladas de blanco, y decoradas en su interior con frescos de más o menos antigüedad. Sus interiores, a menudo repletos de estampas, iconos, velas y a veces incienso invitan al recogimiento. A veces hay pequeñas fotos de popes, escuálidos ancianos barbados, y pequeños objetos que imagino serán exvotos. Supongo que las capillas serán posteriores a los caballeros hospitalarios, no me los imagino compartiendo su espacio con templos “heréticos”.

La fortaleza, bastante bien conservada, se visita con rapidez. Desde lo más alto, divisamos la cima más elevada de Kalymnos, Prophitis Ilias, 676 m, nuestro próximo objetivo, y vislumbramos el itinerario. Pero primero debemos regresar al parking, y recuperar las mochilas con agua y algo de comida.

Patxi Aiaratik



























 

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